DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO.
29 DE AGOSTO DE 2010
LA HUMILDAD Y EL AMOR GENEROSO.
Las lecturas de este domingo hacen un gran elogio de dos virtudes cristianas y humanas sumamente importantes: la humildad y el amor generoso. Cualquier persona que practique y viva estas dos virtudes cristianas es un buen cristiano.
La humildad religiosa en primer lugar: saber situarnos ante Dios. Dios es nuestro Padre y nuestro único Señor; nosotros somos hijos de Dios, siervos y empleados de Dios. Todo lo que tenemos y somos, nuestro ser y nuestro obrar, es de Dios. Reconocer la soberanía única de Dios sobre nuestras vidas y sobre nuestras cosas, y actuar en consecuencia, eso es humildad.
Somos brazos de Dios y boca de Dios. A través de nosotros Dios quiere llegar a los demás, con nuestros brazos, con nuestros pies, con nuestras palabras y obras Dios quiere construir entre nosotros su Reino.
Humildad religiosa es aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos sus humildes siervos.
También la humildad social es muy importante: saber situarnos ante los demás. Los demás son nuestro prójimo, nuestros hermanos, hijos de nuestro mismo Padre, Dios. Yo no estoy puesto aquí en la tierra para mandar a mis hermanos, sino para servirles. Unas veces tendré que servir mandando, otras servir obedeciendo, pero siempre sirviendo. Vivir en este mundo como un hermano bueno de todos, desear que todos sean buenos y felices, no querer ser más ni menos que los demás, vivir siempre en actitud de servicio a los demás, eso también es humildad.
Humildad psicológica también: no creerme más ni menos de lo que de verdad soy, con todas mis virtudes y con todos mis defectos. Aceptarme como soy y trabajar para ser cada día un poco mejor, es humildad. Dar gracias a Dios por las cosas buenas que tenemos y somos, ofrecerle con humildad nuestras imperfecciones para que nos cure y nos restaure, eso también es humildad.
El evangelio nos dice : cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte. Es una invitación al amor generoso.
El amor es una palabra tan importante como desgastada en el uso ordinario. Aquí nos referimos, por supuesto, al amor cristiano y proponemos este amor como auténtico modelo de amor verdadero.
Es un amor que no se basa, ni se fundamenta en el bien o en el gozo que este amor proporciona al que ama, sino en el bien que obtiene la persona amada. Es el amor de Cristo, un amor gratuito, un amor generoso.
A nosotros, a los pobres y egoístas seres humanos, nos resulta muy difícil practicar este amor, pero es un amor al que debemos tender y aspirar continuamente. Es un amor al que no nos puede responder, al menos en la medida en la que nosotros le amamos, la persona a la que amamos. Por eso decimos que es un amor generoso y gratuito hasta el extremo, como lo fue el amor con el que Cristo nos amó.
Ya sabemos que nunca nuestro amor será tan generoso como fue el amor de Cristo, pero este debe ser nuestro ideal. Si todas las personas humanas nos amáramos como Cristo nos amó, con amor generoso y gratuito, el mundo sería bello y maravilloso. Los santos más santos se han distinguido siempre por este amor.
Con humildad, con sencillez, aspiremos también cada uno de nosotros a practicar este amor. Es seguro que Dios nos lo pagará con generosidad y el mundo empezará a ser cada día un poco mejor.
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